¡Nasralla, qué pena! Eres un pelele títere de Mel Zelaya

No es justo y mucho menos ético, lo que Mel Zelaya le ha hecho a Salvador Nasralla. El que lo obligara, con un simple gesto, a incumplir la palabra empeñada ante la OEA, impidiéndole mostrar su amor por Honduras, no tiene nombre. Lo ha convertido, sin merecerlo, en un pelele en manos de quien, cree que puede utilizar su nombre y su imagen, como un ariete para hacerle daño a Honduras y a los hondureños.

 

Por supuesto, Nasralla tiene culpa. Lo ofenden porque saben que tiene la disposición de agachar la cabeza cuando lo abochornan y lo descalifican. Un hombre de verdad, no puede -y mucho menos cuando está apunto de convertirse en presidente de la República- ceder tan fácilmente su autonomía y capacidad de tomar decisiones, excepto que carezca del carácter básico para sostener una personalidad que se respete así misma. Aparentemente, Nasralla no tiene la capacidad para decirle que no a quien, todos hemos calificado, como el gran manipulador. El factor desestabilizador de la paz de Honduras. Que pasando por encima de su talento, superior al de su manipulador, le impone sin vergüenza alguna, conductas contrarias a su imagen y propio prestigio. Creíamos que Nasralla contando con un ego elevado, carácter acerado y gran fuerza de voluntad, podía evitar que jugaran con él, llevándolo incluso a hacer el ridículo, ante la comunidad internacional y hondureña.

 

A estas alturas, muchos de sus votantes han descubierto que no tiene los méritos para el alto cargo, en donde el honor, la palabra y el orgullo de sostener posturas definidas, forma parte del empaque que se requiere para ser presidente de la República. Con su dócil disposición para hacerle los mandados a Manuel Zelaya, Nasralla ha perdido todo lo ganado en esta jornada electoral, comprometiendo además, su futuro singular. Nadie confiará en él, en vista que no muestra firmeza para tomar y cumplir decisiones, suyas, sin interferencias externas. El más de un millón de votantes que le dieron respaldo para buscar la Presidencia de la República, a estas horas debe estar preguntándose si, merece el honor de representar a un país que busca que sus gobernantes, honren su palabra, renuncien a la informalidad y consagren toda su fuerza y su vida a servir sus altos intereses.

 

Manuel Zelaya Rosales es un anarquista, viejo conocido de todos. Un “niño grande”, que está dispuesto a meter los elefantes en la casa de cristal en donde guardamos las mejores cosas de Honduras. No nos respeta y quiere hacernos daño, porque tampoco agradece los honores que, sin merecerlos, le hemos conferido en el curso de su vida pública.

 

Nasralla, con todo lucía, más serio e inteligente, que su manipulador. Sin cola que le pisaran, fuerte y libre. Sus antepasados, vinieron de lejos, integrándose en esta tierra generosa. Tuvieron la oportunidad de abrirse paso, desarrollando un patrimonio que les permitió unirse a la comunidad nacional. En Trujillo y Tegucigalpa. Por ello, tuvo la oportunidad de estudiar y formarse, aquí y en Chile. Y sin mayores méritos, como se ha encargado Zelaya de confirmar, lo ha colocado a un paso de la Presidencia. Dándole un honor y una oportunidad que muy pocos tienen en la vida.

 

Pero allí, no se llega sin honor. Y mucho menos arrodillado, mostrando los fundillos en donde descarga su fusta rencorosa, el ganadero olanchano que, ha consagrado su vida a hacernos daño e intranquilizarnos, con sus pretensiones mesiánicas y sus angustias por parecerse a otro líder liberal que, en silencio, le desprecia y se ríe de él en su cara.

 

Lo que no podemos entender es cómo siendo tan inteligente Nasralla, permite que lo ofendan, impidiéndole cumplir con los compromisos pactados, exponiéndolo a la opinión pública como un pelele que en la Presidencia de la República, -como Monchito Cruz con López Arellano- no podrá tomar decisiones, sin consultarlas con Zelaya que, desde sus haciendas, le daría cada mañana, las instrucciones de lo que debería de hacer, con indicación expresa de lo que, aunque consustancial con el cargo, no puede ejecutar, porque corresponde a él, “jefe de jefes”.

 

Creíamos que Nasralla, tenía carácter, orgullo y vergüenza. Pero nos equivocamos. Le falta el talante para ser presidente. Es un hombre que nació para vivir de rodillas. Un pelele. ¡Qué pena¡ Duele verlo disminuido a los pies de Zelaya.

 

Por Juan Ramón Martínez