El Salvador de Honduras y sus monomanías

Dos veces en esta vida conversé con este hombre antes de que se volviera un personaje visible en el zoológico político hondureño. La primera vez nos tomamos un café en Vía de France y el propósito del encuentro era que yo le pintara un panorama realista sobre las posibilidades del PAC, el partido que recién había fundado en el 2012. Noté que pegó dos brincos cuando le pregunté bruscamente dos cosas: ¿tenés recursos propios para hacer política, tenés una clara postura ideológica para lanzarte a la presidencia? Como no tenía respuestas para estas cosas básicas, supe desde entonces que su proyecto era emocional y algo más grave, era personal.

 

La segunda vez me lo encontré en los pasillos de Televicentro en el 2016, Nasralla ya había sufrido la primera derrota electoral y yo había comenzado a hacer la cápsula del mañanero (que, para buena parte de mis seguidores, era una basura). El tema de la plática fue otra vez la política, él me manifestó su deseo de intentarlo por segunda vez y yo aproveché para pedirle trabajo, le dije – en la premura de una plática informal – que no me sentía bien ni con “el mañanero ni con la paga” y que considerara la posibilidad de llevarme como consejero del PAC por un salario digno, digamos unos 20,000 lempiras al mes por asesorar su nuevo proyecto político de cara al 2018. Su rostro se volvió a poner como una máscara de fibra de vidrio.

 

 

En esta segunda ocasión noté que su optimismo con respecto a ganar la presidencia había crecido por dos razones, una, porque había descubierto el verdadero elixir de la política, que es el dinero. Dos, porque entendió que ganar una contienda electoral en Honduras no es algo difícil, de hecho, no existe ningún requisito ni moral ni intelectual para llegar a ser presidente de un país centroamericano. Con su flamante cuarto lugar en las elecciones del 2013, Salvador Nasralla estaba a un paso de recibir la bicoca de 15 millones como deuda política, todo a topón y a una cuenta personal, para un partido que no había gastado ni cinco centavos para constituirse ni para catapultarse aquello fue fantástico. Ya en el 2016 no era el Salvador ingenuo del 2012, yo supe que la política le había comenzado a interesar “de forma especial” y que su ardiente proyecto de ser presidente de Honduras no se quedaría a medio camino.

 

 

En ese momento yo conocía tres peligros que este hombre ni se imaginaba que existían en la política, esa fue la razón por cual le insinué que podría trabajar como asesor del PAC a cambio de un salario insignificante si tomamos en consideración que Nasralla ya era un hombre forrado antes de que la política lo volviera millonario. Cuáles eran esas tres cosas que yo sabía, uno, que Nasralla tenía suficiente “seguidores televisivos” para ganar una elección, pero no tenía correligionarios. Dos, que el partido Libertad y Refundación (LIBRE) acabaría eligiéndolo como ariete de una alianza temporal arrasadora si él bajaba la bandera blanca y subía la roja, y tres, que los liberales y los cachurecos jamás le entregarían “el premio mayor” a un advenedizo, aunque hubiera mostrado todos los números del billete ganador.

 

 

En su tercer intento este hombre – cuyas ambiciones se han triplicado mientras sus errores se han cuadruplicado – ha entrado en una ultra megalomanía política desconcertante. Tras formalizar su nuevo partido con la marca registrada “Salvador de Honduras” descubro, otra vez, que este político tiene un problema casi patológico para captar las señales del entorno. Este hombre no ve nada, sólo se oye a sí mismo y no tiene ni el más ligero contacto con la realidad. Al estar centrado en su maniática ambición de ser presidente de un país desde una limitada visión personal y al presentarse ante la gente como un Salvador, Nasralla se vuelve un ñoño.

 

 

Vayamos por partes, Salvador Nasralla no es un santo y no es tampoco la Santa Magdalena de los Remedios. No ha sido hasta hoy un demagogo de la política, pero sí ha sido durante décadas un hábil manipulador televisivo (que para mí es lo mismo). Al igual que los politiqueros, ha cobrado sueldos de hidalgo mientras regala bolsas solidarias a las personas más vulnerables e indefensas de ese país. Cuando se presenta como “hombre puro que jamás se ha beneficiado de la política” se equivoca y miente, él sabe perfectamente que la Corporación Televicentro ha sido y siempre va a ser una agencia encubridora del estado (yo trabajé ahí).

 

 

Es una cuestión de lógica, si yo trabajo para Rafael Ferrari o para Jorge Canahuati Larach soy prácticamente un lacayo del gobierno porque los empresarios de medios jamás – ni en sueños – pondrían en riesgo sus transas haciendo críticas contra sus amos, que son los políticos.

 

 

Pero “la víctima del fraude” siguió llegando a marcar tarjeta como si nada hubiera sucedido. Un chiste para la historia.

 

 

En buena medida la prensa arreglada, machaquera y manipuladora ha condenado a los hondureños a la ignorancia y a la miseria, pero los dueños de medios no podrían poner en marcha sus diabólicas distracciones de masas si no contrataran a exitosos especialistas en el engaño. En Honduras el periodismo es falso, el entretenimiento es ruin y la televisión es basura, de esa falsedad, de esa ruina y de ese mundo de botargas, telenovelas baratas y fantasías surgió Salvador Nasralla… De esa putrefacción mediática han provenido sus salarios de virrey.

 

 

¿Puede entonces un individuo que se formó en un planeta de neón labrarse una carrera política ejemplar en la vida real? Sí, pero hay que sacar la cabeza de la letrina: arriesgar algo e invertir algo. Este hombre quiere enfundarse “el traje de presidente” sin renunciar ni a los embustes de su equicero ni a sus finos gabanes de lentejuelas. Envuelto en una “falsa intelectualidad” que es abrumadora y frívola, Salvador Nasralla avanza incontenible hacia su tercer fracaso porque piensa que la política ni se estudia ni se aprende ni se cultiva. A los políticos de oficio (cachurecos y liberales) les asusta su doble codicia pues no conforme con las rentas de “señorito bien pagado”, aspira ahora a los negocios del “gran señorón presidencial”. Es decir, este quiere la mula con todo y cebada, con la albarda puesta y encima preñada.

 

 

Actuando bajo la consigna de que “todos son tontos menos él” y bajo el lema de que “todos deben gastar su plata menos él” este aventurero no se ha percatado – otra vez – de tres cosas que son fundamentales para sobrellevar un proceso político que tenga sentido en Honduras. La primera cosa es que no existe ninguna posibilidad de vencer por la vía electoral (excepto que la reciente ley americana contra los políticos corruptos de Centroamérica rompiera la argolla de hierro).

 

 

La otra cosa es que las izquierdas son vengativas y biliosas, ya no quieren saber ni de Mel Zelaya ni de Salvador Nasralla y mientras no encuentren un mesías cortado a su medida, no van a levantar los pulgares. Por último, cualquier oposición hacia el régimen actual es ridícula sin argumentos ideológicos sólidos, sin aliados internacionales y sin liderazgos serios.

 

 

Por lo tanto, un proyecto político egoísta, tacaño y personalista como el que plantea “El salvador de Honduras” no es más que un simulacro para seguir cobrando las jugosas deudas políticas. Ah mi país, cómo vino a sucumbir en manos de locos auto endiosados y energúmenos insaciables.

 

 

César Indiano